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lunes, 2 de julio de 2012

Escayola

¡Nunca me liberaré de esto!  
Ahora soy dos personas:
ésta, completamente blanca, y la antigua, amarilla,
y la blanca es, sin duda, la más importante.
No necesita alimentos, es, ciertamente, uno de los santos
indudables. Al principio la odiaba, carecía de lógica propia.
Se pasaba los días en la cama conmigo, igual que un cadáver,
y yo me asustaba, pues su forma era idéntica a la mía,

aunque mucho más blanca, e irrompible, y jamás se quejaba.
Era tan fría que me tuvo despierta una semana.
Yo le echaba la culpa de todo, pero ella jamás respondía.
¡Qué ridícula conducta, yo no la entendía! Pero ella
guardaba silencio. La pegaba, pero no se movía,
pacifista sincera, y entonces me dije que deseaba mi amor:
comenzó a ser más cálida, y vi entonces sus muchas virtudes.

Sin mí no existiría, por eso me mostraba cariño.
Yo le daba alma, florecía de ella cual rosa
florece de un jarrón de porcelana barata,
era yo quien brillaba, no ella con su pulcra blancura,
como había pensado al principio. Yo entonces
la protegía un poco y ella estaba encantada, era claro
que su mente de esclava la regía.

Yo aceptaba su culto y a ella le encantaba.
Matinal, despertábame del sol al reflejo. En su torso
sorprendentemente albo lucía su pulcra
nitidez, y su calma y su dura paciencia:
mimaba mis debilidades como experta enfermera,
poniendo mis huesos en su sitio, para que se curasen.
Y, así, nuestro vínculo se volvió más firme.

Fue dejando de venirme tan justa, empezó a separárseme.
Yo notaba sus críticas a pesar de mí misma,
como si mis costumbres la ofendiesen de alguna manera.
Dejaba pasar las corrientes y volvióse distraída y lejana.
Y la piel me escocía y se me iba pedazo a pedazo
sólo porque ella me cuidaba con tanto desvío.
Vi por fin el misterio: se creía inmortal.

Quería dejarme, se pensaba superior a mí en todo.
¡Y yo que la tenía a oscuras, apilando rencores,
malgastando sus días al servicio de un semicadáver!

En secreto empezó a desearme la muerte. Y entonces
podría cubrirme la boca y los ojos, del todo cubrirme,
y llevar mi rostro pintado como funda de momia
con la faz faraónica, aunque fuera de barro y de agua.

Y yo no podía arrojarla de mí, se apoyaba
en mí tanto tiempo que me estaba volviendo inmóvil,
habiendo olvidado la manera de andar o sentarme,
por eso cuidaba yo mucho de nunca ofenderla
o jactarme imprudente de mi cierta venganza.
Esta convivencia era igual que vivir con mi tumba:
yo dependía de ella, aunque muy contra mi voluntad.
Solía pensar que podríamos vivir muy bien juntas,
tan unidas estábamos que pudieran pensarnos casadas.
Pero ahora comprendo que no compatíamos, que ella
sería una santa y yo fea e hirsuta, más tarde o temprano
tales diferencias caerían inanes, pues yo recobraba mi fuerza
y un día podría vivir sin su apoyo y entonces
su cáscara huera y muriente lloraría mi ausencia.

sábado, 11 de febrero de 2012

El no ser perfecta, me hiere

 

Escribió Sylvia Plath en su Diario 


Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:

“Milagro!”
Que me liquida.
Luego una carga a fondo

Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.


---
No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas listas y un rostro pintado, redondo
como la luna, que mire, quiero
estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo
entre minerales mudos, raíces. Véolos
ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.
Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.
Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses,
de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia
¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar!
Mi espejo se empaña:
unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada.
Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,
por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.
Un día se irá para no volver. Así no son las cosas.
Permanecen, sus luces idóneas se calientan
en mis manos frecuentes. Ronronean casi.
Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules,
mi turquesa, me darán solaz. Déjame
mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites,
que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes.
Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón
bajo mis pies, bien envuelto.
Conoceréme a mí misma. Seré noche
y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.

jueves, 28 de abril de 2011

Viuda


Viuda. Palabra que se autoconsume:
cuerpo, hoja de periódico en el fuego,
por el aire un instante sostenida
sobre la geografía roja y cálida
que arrancará su corazón cual ojo.

Viuda. Sílaba muerta, con su sombra
de un eco, abre el resorte en el tabique
del pasado secreto: aire gastado,
recuerdos fétidos, escalinatas
mecánicas que a ningún sitio conducen...

Viuda. La amarga araña se sienta
en el centro de sus ejes resecos.
La muerte es su vestido, gorro, cuello.
El rostro del marido, blanco, inválido,
la cerca como a presa que con gusto

de nuevo mataría, verle cerca
cual rostro de papel contra su pecho,
como sus cartas conservar solía
tornándolas piel nueva, viva y cálida,
pero ahora ella es papel, y fría siempre.

Viuda: ¡estado vacío y grande! Llena
de aire traidor está la voz divina,
los arduos astros fáciles promete,
y el espacio inmortal entre los astros,
no cadáveres, flechas hacia el cielo.

Viuda, inclínanse árboles piadosos,
árboles de dolor y soledades.
Como sombras en torno al verde campo
o incluso como bocas negras ciérnense.
La viuda les semeja, es una sombra.

Las manos bien cogidas, nada en ellas.
Alma sin cuerpo que otra alma pide
en este aire sereno y no lo nota:
un alma frágil como el humo entra
en otra sin saber por dónde pasa.

Es éste su temor: es el temor
de que su alma late aún y late sorda
como el ángel mariano, cual paloma
contra un cristal a todo ciega, menos
al hueco hoyo que mira y mirar debe.

domingo, 20 de junio de 2010

Persecución

Una pantera macho me ronda, me persigue:

Un día de estos al fin me matará.

Su avidez ha encendido los bosques,

Su incesante merodeo es más altivo que el sol.

Más suave, más delicado se desliza su paso,

Avanzando, avanzando siempre a mis espaldas.

Desde la esquelética cicuta, los grajos graznan estrago:

La caza ha comenzado; la trampa, funcionado.

Arañada por las espinas, ojerosa y exhausta,

Atravieso penosamente las rocas, el blanco y ardiente

Mediodía. En la roja red de sus venas,

¿Qué clase de fuego fluye, qué clase de sed despierta?

La pantera, insaciable, escudriña la tierra

Condenada por nuestro ancestral delito,

Gimiendo: sangre, dejad que corra la sangre.

La carne ha de saciar la herida abierta de su boca.

Afilados, los desgarradores dientes; suave

La quemante furia de su pelaje; sus besos agostan,

Dan sed; cada una de sus zarpas es una zarza;

El hado funesto consuma ese apetito.

En la estela de este felino feroz,

Ardiendo como antorchas para su dicha,

Carbonizadas y destrozadas, yacen las mujeres,

Convertidas en la carnaza de su cuerpo voraz.

Ahora las colinas incuban, engendran una sombra

De amenaza. La medianoche ensombrece el tórrido soto;

El negro depredador, impulsado por el amor

A las gráciles piernas, prosigue a mi ritmo.

Tras los enmarañados matorrales de mis ojos

Acecha el ágil; en la emboscada de los sueños,

Brillan esas garras que rasgan la carne,

Y, hambrientos, hambrientos, esos muslos recios.

Su ardor me engatusa, prende los árboles,

Y yo huyo corriendo con la piel en llamas.

¿Qué bonanza, qué frescor puede envolverme

Cuando el hierro candente de su mirada me marca?

Yo le arrojo mi corazón para detener su avance,

Para apagar su sed malgasto mi sangre, porque

Él lo devora todo y, en su ansia, continúa buscando comida,

Exigiendo un sacrificio absoluto. Su voz

Me acecha, me embruja, me induce al trance,

El bosque destripado se derrumba hecho cenizas;

Aterrada por un anhelo secreto, esquivo

Corriendo el asalto de su radiación.

Tras entrar en la torre de mis temores,

Cierro las puertas a esa oscura culpa,

Las atranco, una tras otra las atranco.

Mi pulso se acelera, la sangre retumba en mis oídos:

Las pisadas de la pantera lamen los peldaños,

Subiendo, subiendo las escaleras.